LISTA DE (S) ESPERA

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Desde que tenés un hijo sé que hay muchas situaciones por las que uno pasa que jamás se hubiera imaginado pasar en su vida. Te emocionan cosas que no tenés idea que podían llegar a movilizarte. Tus preocupaciones pueden pasar por si tu hijo hace caca o no, si duerme. Festejas porque hubo un día en la semana que estuvo tranquilo, o mejor dicho, que vos lograste adaptarte y poder vivir tranquila el día.

Hoy me pasó algo que supuse me iba a pasar pero nunca pensé que me pasaría del modo que me pasó. ¿Qué pasó? Conseguí vacante de jardín para mi hija.

Hace dos años que vengo luchando por una vacante de jardín. Las cosas están complicadas. Hay más niños que edificios. Lamentablemente vivo en un Municipio que con este tema no se ocupa en nada. Al parecer tienen cosas más importantes de qué preocuparse que de la educación de nuestros menores. Bueh, qué digo mi municipio. Cuando hablo de déficit edilicio de nuevos establecimientos, en verdad, estoy hablando de gran parte de Argentina que sufre esta problemática.

Cuando Sophie cumplió tres años supe que lo más probable es que no encuentre vacante. Porque encontrar una sala para chicos de esa edad es verdaderamente complicado. Ahora, cuando el año pasado no pude lograr que ingrese a sala de cuatro me sentí muy mal. Me fui muy triste de la reunión con la directora. Llegué a casa y lloré de impotencia. De impotencia de no haber conseguido vacante y de incertidumbre de no saber si el próximo año tendría suerte. Es horrible que tu hija te pida de ir al jardín y vos tenés que decirle que no siempre. Y cuando te retruca y te pregunta entonces cuándo no tener respuesta.

Esta mañana cuando fui hasta el jardín para que me confirmen si entraba o no me sentí muy nerviosa. Todos los padres que me tocaron adelante en la fila salían con la noticia de que sus hijos estaban en lista de espera. Por un momento me pregunté por qué yo tendría que correr con suerte. Cuando finalmente me tocó el turno y l directora me confirmó que Sophie había entrado desbordé de alegría.

Salí del jardín y se me caían las lágrimas. Cuando llegué a casa y me preguntaron si S. había entrado sólo atine a asentar con la cabeza. No podía hablar. Me sentí una exagerada. Pero era tan grande el deseo que sentí estos dos años de que mi hija pueda entrar al jardín que la felicidad no me entraba en el corazón.

Y, una vez más, una ahí siendo madre y dejándose llevar por un sentimiento que nunca antes había experimentado. Por ese logro que, principalmente, es de S. pero también es mío. Ya tengo la alarma puesta en el celular con el día que tengo que ir a hablar con su señorita para conocerla y que me diga qué le va a hacer falta a Sophie para cursar el año que viene.

Como dice Soda: “Tarda en llegar y al final hay recompensas…”

 

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