#STOPBULLYING

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Cuando tenía 14 años y estaba a punto de pasar a noveno grado sentí el deseo de cambiarme de colegio. En ese momento, iba a una escuela pública. La glorioso Escuela N°1 de Escobar. Pasé los mejores años de mi vida ahí. Tuve los mejores amigos y las mejores maestras. En ocho años me habrán tocado dos o tres profesores con los que no pegué onda y las clases se hacían un poco difíciles. Nada grave.

En el patio de esa Escuela le confesé mi amor por primera vez a un chico y fuimos noviecitos por un tiempo. Pasé por la experiencia de tener compañeros provenientes del circo. Durante su paso por nuestro curso nos invitaron a una de sus funciones y fue mágico. En quinto grado conocí el mar junto al resto de la división y las otras tres que integraban ese año. La primera vez que me separé de mis viejos por seis días. No me costó. No sentí la distancia porque todas las personas que me acompañaron en esa aventura eran geniales.

Pero llegó octavo y sentí que era momento de cambio. Sentía una monotonía en mi vida que no me gustaba a pesar de sentirme cómoda en la escuela y le pedí a mis viejos que me cambiaran de colegio y me fui a un privado. El Colegio Santa María. Privado y católico.

Ingresé a ese colegio con catorce años y el alma lleno de rebeldía. Adaptaba el uniforme a mi gusto, cuestión que hizo que más de una vez firmara el cuaderno de sanción. Porque usaba pañuelos en el cuello o porque llevaba zapatillas rojas cuando sólo podían ser blancas o negras. Campera de jean cuando estaban totalmente prohibidas. En esa época escuchaba Viejas Locas. Bah, no sólo escuchaba  la banda, también iba a verla. Mientras mis compañeros escuchaban la música del momento yo escuchaba rock. Y, mientras ellos los fines de semana salían a bailar, yo iba a recitales. Esas diferencias trajo sus consecuencias.

Cuando ingresé al curso me encontré con que una de mis compañeras era fanática de Los Piojos. Yo quedé fascinada de tener una par, ella no tanto. Al parecer, no estaba tan bueno que alguien más se diferencia del resto. Para eso estaba ella. ¿Qué tenía que hacer yo ahi ocupando ese lugar? No pegamos onda. Pero no sólo no pegué onda con ella sino que tampoco pegué onda con sus amigas. Me hicieron la vida imposible. Todos los días tenían una manera nueva de joderme la vida. Siempre boludeándome. Siempre tratando de sacarme de mi eje. Yo soy una persona pacífica. No me copa para nada el quilombo. Cuando noto que alguien puede llegar a lastimarme me alejo. No me importa quedar como una cobarde. Yo, simplemente, me alejo. No me gusta la violencia física. No me gustan las discusiones. ¿Para qué llegar a confrontar? Pero ellas siempre tenían motivo y si no tenían lo inventaban. Y como yo me callaba era motivo peor de burla. Esta compañera fanática de Los Piojos tenía una hermana en tercer año (o sea, a punto de egresar) que le hizo el aguante a mi compañera para atosigarme. Esta piba, a su vez, tenía una mejor amiga que era aún más violenta que ella. Y cuando digo más violenta quiero decir que para ella no terminaba todo en el colegio. En ese tiempo tuve que dejar de salir por Escobar o no hacerlo sola porque a donde la encontraba la mina me decía de todo y amenazaba con pegarme. No podía salir con mis amigas de noche porque la cosa se ponía aún más heavy.

Una tarde, totalmente harta de esta situación hice lo que tenía que hacer: hablar con mi preceptora. Le conté con lujo de detalles lo que me estaba pasando y lo único que conseguí fue un “vamos a hablar con ellas”.  Sólo hablar con ellas fue la peor decisión que pudieron haber tomado. Al día siguiente, a la mañana, teníamos educación física. Cuando llegué se notaba un clima tenso. Las cosas no estaban bien. O, mejor dicho, estaban peor que nunca. No sólo estas personas me bardearon veinte veces más que todo el año sino que también me amenazaron con pegarme al salir de la clase. Por suerte, yo andaba en bici en esa época. Lo recuerdo como si fuera este mismo momento. Cuando fuimos a la cancha porque nos tocaba jugar al softball le pedí a la profesora permiso para ir al baño. Me dijo que si. Fui hasta el lugar, que también era donde estaba la bicicleta y me fui a mi casa. Eran las nueve y media de la mañana. Yo tenía que terminar la clase a las diez. Como muy tarde en mi casa estaría diez y media. O sea, llegue´una hora antes. Abrí la puerta y le pedí a mi mamá que llame al colegio y que le avisara que me fui de la clase pero estaba bien. Obviamente, me hicieron ir para una reunión. Fui con mi vieja. Me atendió la directora. Me dijo que lo lamentaba mucho pero que tenía que firmar el acta por lo que había hecho y ellas no iban a tener ninguna sanción porque no habían hecho nada. Cuando salí de ese lugar me crucé con la profesora de educación física y me dijo que estaba muy mal lo que había hecho. Que eso le podía costar su trabajo. Me preguntó por qué no había hablado con ella. ¿Y ella qué iba a hacer? Si nadie hacía nada. Hice lo que tenía que hacer antes de tomar esa decisión que fue hablar con las autoridades pero nadie hizo nada. A ellos le importaba más cagarte a pedos si usabas campera de jean o zapatillas rojas que movilizarse y hacer algo por quienes verdaderamente lo necesitaban.

Yo tuve suerte. Nunca salí lastimada. Al menos, físicamente. Porque todo ese año la pasé verdaderamente muy pero muy mal.Muchas veces me sentí triste de haber dejado mi escuela donde todos me trataban bien pero los cambios ya estaban hechos. Al año siguiente, por rama me cambié de turno. Porque a la mañana el colegio se inclinaba a Humanidades y a la tarde Economía. En ese nuevo curso conocí gente nueva. Me sentí a gusto. Tuve nuevos amigos. Amigos y amigas que duran hasta hoy, dieciséis años después.

Me alegra que hoy se esté tomando un poco más de conciencia sobre al asunto y el bullying haya dejado de ser una cosa de chicos para ser una cosa de todos. Ojalá mi hija no tenga que pasar por lo que pasé yo. Y si le pasa que tenga preceptores, profesores, directores o lo que sea que la puedan ayudar. Porque una vez que están adentro de la escuela los padres ya no podemos hacer nada. Y no siempre los chicos se animan a hablar. Yo no le contaba todo lo que pasaba y sentía a mis viejos. Es un error pero en esa época me salió así.

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