UNA TARDE CON PAPÁ

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Munchis recién abría sus puertas. Su primera cede. Queda cerca de mi casa. No recuerdo el año pero si que yo era chica. Quizás doce o trece u once. No lo sé. Tenía plata. Seguramente esas monedas que una se guarda del vuelto cuando tus viejos te mandan a hacer las compras. Tenía muchas ganas de tomar helado y lo invité a mi papá.

Con mi viejo no solemos ser compinches. Cuando era chiquita bromeaba con los novios que vendrían a casa pero yo siempre sería la nena de papá. Crecí y casi no nos hablamos. Somos muy diferentes. Demasiado. A veces esas diferencias traen consigo roces. El mundo estalla. Y luego, durante un tiempo prolongado, ninguno de los dos dice nada más.

Estoy completamente segura que, si hoy le preguntaran a mi viejo sobre esa tarde en Munchis no la recordaría. Tomamos helado en la pérgola. Desde que abrieron Temaikén esa parte ya no existe. Era la heladería más linda. No tecuerdo por qué elegí ir con él. Tampoco qué hablamos ese día. Sólo tengo en la mente la fotografía de nosotros dos en la pérgola, tomando helado, mirando el falso lago.

Cuando quedé embarazada, para decírselo, esperé estar a solas con él. Fue un sábado a la tarde. Él miraba fútbol en la tele. Le dije que teníamos que hablar. Apenas asintió con la cabeza. Le dije que era importante. Levanté la voz en “importante” y apagó la tele. Los nervios que sentí en ese momento pocas veces lo sentí en mi vida. Tener que decirle a mi viejo que estaba embarazada. Su única hija mujer iba a ser madre. Fue difícil pero cuando pronuncié la confesión se largó a llorar. Yo le dije que no se pusiera mal, que todo iba a estar bien y entonces me dijo: “Lloro porque estoy feliz”. Y lloramos juntos.

Creo que fue la última persona en enterarse. A partir de ese momento se me llenó el alma de valentía, de seguridad. Cuando volvió de acompañar a mi vieja lo hizo con una minipimer “para hacerle la papilla al bebé” y pedimos comida. La que yo eligiera. Los mimos y los regalos no pararon más. Hasta que nació S., claro, y medio que todo el amor se fue para ella.

El domingo a la noche comenzó a dolerme la garganta. Una molestia. Cuando me miré tenía placas y confirmé la angina. El lunes a la tarde *ayer* le pedí a mi viejo si me llevaba a la guardia para que me recetaran algo para las placas. Tipo seis y media fuimos. El viaje de ida fue en silencio. Sólo le hablé para decirle que bajé el aire. Porque, claro, tenía angina y no ayudaba a mi malestar. El frío en el pecho me estaba matando. No sé dió cuenta. Es despistado. Él aprovechó a tomarse la presión mientras me atendía una doctora super copada que se alegró que no me duela la garganta en ese momento. Ni tenía fiebre. Pero que si tenía tome novalgina.

Con la receta en la mano le pedí que me llevara a la farmacia. El viaje era ahora un poco más largo. Y si bien veníamos escuchando radio y no había necesidad de hablar tuve ganas de contarle en qué andaba mi vida. No lo hago jamás. Tanto su vida para mi, como mi vida para él es misterio. Ninguno de los dos sabe mucho del otro. En eso sí nos parecemos demasiado.

Comenzamos a hablar de mi marca y mis clases en ENERC. Me contó que tenía ganas de comprar una filmadora para que hiciéramos un corto y así poder participar del Festival de Cortos que se realiza una vez por año en Escobar. Me sorprendió. Mi viejo en su juventud participó en una película. Nunca la vi. Mi vieja si. Vecinos escobarenses que también la vieron me dicen que mi viejo está bien. Se estrenó en un viejo cine de Escobar que ya no existe. El cine Rex. Escobar al día de hoy es una ciudad sin cine y yo no lo puedo creer.

Hablamos de mis amigos. Me pidió conocerlos. No es que no los conozca pero, hay muchísimos que no. Cuando salí de la farmacia él hablaba con un matrimonio amigo y me los presentó. No soy muy sociable y me cuesta poner cara de qué bien la estoy pasando mientras mi viejo me halaga y le cuenta a sus amigos lo genial que soy para él.

Cuando volvimos a casa una canción nos dejó en silencio hasta que él se puso a cantar y yo lo miraba. Ojalá todos los días con él fueran así.

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